Vivir entre el sol y el caliche

De las trescientas oficinas salitreras que alguna vez funcionaron en el desierto chileno, actualmente nada queda de ellas. Hoy sólo hay recuerdos de un estilo de vida que desaparece junto a los últimos pampinos nacidos y criados en las oficinas.
cesantes

 Por cuarenta años Chile vivió de las divisas que generaba el salitre. Durante ese lapso el gobierno administró la nación con holgura, sin la necesidad de cobrar impuestos elevados o que estuviesen al mismo nivel que los países vecinos.
Una proyección de bonanza que generó la industria radica que entre 1880 y 1930, sólo los derechos de exportación del recursos, dieron al fisco más de seis mil millones de pesos, cifra que abarcó aproximadamente el 60 por ciento de la riqueza del país durante el primer cuarto del siglo XX.

Más allá de las ganancias

Más allá de la cifras económicas y del impacto industrial del país, la historia del salitre fue estructurada a través de recuerdos y un estilo de vida que marcó a generaciones y que aún es posible rescatar entre las ruinas de lo que alguna vez fueron ciudades e industrias pujantes que existían en medio del desierto.
El escritor Juan Rubén Castro es un ex pampino. El recuerda que la vida en la salitrera fue triste y feliz a la vez. "Mucho se habla de las injusticias y tratos indignos".
Para él, al igual que otros 60 mil pampinos que viven en la Provincia de Iquique, hablar de salitreras es recodar los buques, las jornadas de trabajo de diez horas, las viandas a la hora del almuerzo, la estación de trenes, el biógrafo, el cine mexicano, el fútbol y las apariciones esporádicas de grupos teatrales.
"Todos los que alcanzamos a vivir en las salitreras recordamos un tiempo muy bonito. Vivíamos felices, con solidaridad entre la gente y sin miedo a la delincuencia y problemas que hoy sí existen en la ciudad".
Juan Rubén Castro indica que durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma se abrió un nuevo horizonte para los trabajadores, especialmente por la implementación social lograda en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla.
En general los recuerdos de las personas que actualmente viven en Iquique hacen referencia a principios de la década del 50. Antes, el panorama en las salitreras era diferente.

Abusos del empleador


Gerónimo Caballero, investigador pampino, dice que para entender cómo era el estilo de vida en el desierto hay que dividir la historia del salitre en antes y después de la promulgación de las llamadas Leyes Sociales y el fortalecimiento de la presencia sindical.
Hasta fines de la década del treinta las fichas eran el único sistema de intercambio de mercaderías y suplían al circulante real. También el sistema funcionaba con vales. Cada ficha, confeccionada de maderas, metal o tela, equivalía a un kilo de pan, un litro de agua o una determinada cantidad de azúcar.
Otro aspecto que demostraba la total falta de asistencia en salud o atención médica era que muchos de los jubilados no podían bajar a Iquique o radicarse en una ciudad costera. La excesiva humedad de la zona cercana al mar afectaba directamente los pulmones de los trabajadores que, por décadas, habían absorbido el polvo del caliche.

Tres pilares marcan la historia de Iquique

Tres temas marcan a Iquique y resumen a esta ciudad. Mirar estos tres libros es una manera de conocer esta tierra.

Prat, una tragedia, retrata el último día en la vida de Arturo Prat. Está novelado, lleno de detalles históricos y emociona por el retrato más humano del héroes sin llegar a los extremos que expone Baradit.

Santa María de las flores negras retrata el conflicto social que vivió Iquique en 1907. Describe personajes memorables y retrata una de las mayores tragedias del siglo XX.

La Tirana, así pasen los años es un compendio de crónicas y relatos que muestran la evolución de la fiesta religiosa desde 1891 a 1973.

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